Como esos rayos de luz que se cuelan entre las cortinas al mediodía. Abres los ojos llenos de legañas, y con ese pelo tan revuelto que te indica que lo estás dejando crecer demasiado. Cervezas, muchas cervezas, la capa de super-héroe en un lado y la ropa en otro. Y entonces lo piensas y te das cuenta que todo empezó antes de llegar aquí, antes de no saber que hacer en el culo del mundo; todo empezó cuando te caíste caminando y te dejo esa cicatriz en la rodilla, cuando ponía cara de asco con las croquetas de mi madre. Y lo echas de menos, no es tu cama, demasiada grande sin compañía. Te revuelves aprovechando las últimas gotas de sueño, con los calzoncillos demasiados usados por la técnica del vuelta y vuelta y la sartén sin fregar. Sales a la terraza, abres los brazos y ves el paisaje; y recuerdas.
El móvil se enciende, quizá alguien que pregunte por ti, da igual pienso. La tranquilidad de una ciudad que no te conoce y de una gente que te sonríe sin preguntarte que esconden tus ojos. Las miradas curiosas en los bares de aquellos que no te conocen y desean hacerlo. Y por eso estamos aquí, para olvidar el viento en la cara, para ver el sol salir entre las montañas desde el balcón.

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