Día uno: Querida
Daisy, la vida por aquí es muy diferente. Hay días en los que el sol brilla tan fuerte que ni las gafas de sol recién compradas pueden evitar que
baje la mirada ante los fulgurantes rayos. Las avenidas por aquí son largas y la
gente tiene una mirada dura, como si te escrutara cada paso que das, intentando
averiguar si es en la dirección correcta. Y por suerte hay montañas, y bancos y
sitios en los que consigo olvidarme de que el viento ya no puede alborotar mi
pelo largo. Los días trascurren lentos y aunque hay gente dispuesta a escuchar,
nadie se te acerca, nadie es capaz de hacer cambiar el ranking, donde tu sigues
siendo la primera a la que siempre pienso en acudir cuando tengo que contar algo,
aunque no sé si te gusta escucharlo.
También hay días
grises, donde la leche del café se te quema y el sofá se queda demasiado
pequeño para estirar las piernas. Abres la puerta de la calle y siempre piensas
alguna forma de no acabar en el bar de enfrente, y nunca lo consigues. Hay días
donde las noches acaban antes de que salga la luna y donde sigo buscando la fórmula
para volver a encontrar la felicidad, que supongo que es lo que hacemos todos.
Esos días en los que lloras y no te gusta estar solo, pero sabes que viniste
aquí solo por esa razón. En este tiempo he reído y llorado por partes iguales,
aunque creo que me encuentro mejor.
Querida Daisy,
aquí hay muchas cosas que te contaré en diferente cartas, pero nunca habrá el
frío que nos gustaba de nuestra querida Islandia. Los flashes de la cámara me
apuntan y apuran por intentar conseguir una sonrisa mía pero creo que todas están
guardadas. Querida Daisy, espero que todo vaya bien, por aquí las cosas cambian
cada día y el tiempo trascurre más
despacio, lo que creo que solo por hoy es bueno.

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