De madrugada y tanta luz. Supongo que es lo que tiene estar de exámenes; pierdes la noción del día y de la noche, no sabes si la luz que se refleja en el cristal es del propio sol o de alguna farola que da sus últimos coletazos en la calle. Fue abrir la puerta y entrar en contacto con una atmósfera extraña, prisas, agobios. Es ese extraño aroma de tensión; las luces alumbran a las frentes de los estudiantes; que memorizan rápidamente lo que fueron demasiado vagos para hacer antes. Los dedos golpean la mesa en una melodía rítmica totalmente acompasada, solo interrumpida por el pequeño sorbo a alguna bebida con cafeína.
Siempre me sorprendió como funciona nuestra mente; dejamos todo para los últimos días, pero míranos, aquí estamos todos intentando aprobar, quitándonos horas de sueño para meter en la cabeza la forma más rentable de sacar beneficios en una empresa, aprender a tratar a los niños para que no lloren o memorizar todas las leyes. Admiro a la gente con fuerza de voluntad; esa fuerza de voluntad que te hace levantarte de la cama a las seis de la mañana para repasar una palabra que no recuerdas; o la misma fuerza de voluntad que nos hace a todos estar aquí a estas horas estudiando. Después está la gente como yo; que no estudia pero también le gusta estar aquí a estas horas, ya veis hay de todo. Redbull, café, cafeína en vena, tres mesas a mi izquierda un chico se balancea increíblemente rápido en la silla mientras habla a toda velocidad; a su lado hay tres latas azules y supongo que vaya por la cuarta. Quiere mantenerse despierto hasta que cierren esto, hacer todo lo posible para que sus párpados no sigan su camino natural y se cierren; sin embargo no sabe que no le va a servir para nada, que puede estudiar todo lo que quiera, que quizá le vayan bien los exámenes y que con mucha suerte se saque la carrera. No sabe que no estamos predestinados a hacer las cosas como están marcadas; porque no siempre lo mejor es seguir el camino marcado, instituto-universidad-carrera-trabajo; porque ayer el chico que me trajo la pizza para cenar era abogado, y el peluquero de la esquina de mi calle era médico en su país. Ojalá hubiese una asignatura común en todas las carreras que nos enseñase a vivir la vida; que nos mostrase en cada asignatura cuando tenemos que mentir o cuando llorar, y para aprobar tuviésemos que pasar el examen final; que sería vivir felices.
Todo el mundo estudia y yo escribo; y no es muy difícil, solo tengo que mirar alrededor, una chica guapa balancea la cabeza mientras en sus auriculares suena una canción conocida que dice que los chicos "will be boys", creo que estudia periodismo, bueno no es mala opción, quizá no sepa hablar pero tiene la cara perfecta para salir por la tele anunciando laxantes; un chico abraza a su chica mientras la llama pequeña; le miro los ojos y enseguida comprendo que eso a lo que llama pequeña probablemente sea lo más grande que tiene en su vida. A mi derecha está el compañero infatigable, ese que es capaz de quedarse contigo solo hasta las tres de la mañana, y con el que estés el tiempo que estés siempre te falta algo que contarle. No sabrá todo de economía y quizá no sea el mejor estudiante del mundo; pero tiene esa cosa especial, eso que no se puede describir y que sabes que no se morirá de hambre y que saldrá adelante. Garabatea cosas ilegibles en un papel mientras escucha música que solo escucha la gente especial; me conoce tanto que sabe que esa chica que acaba de entrar por la puerta es de mi estilo; y se gira con una sonrisa en la boca.
En la calle hace frío, el camino a casa es un buen momento para estirar las piernas; apurar el último sorbo del vaso de café que te ha acompañado toda la noche y pensar que mañana toca madrugar. En estas fechas todos tenemos en la mente los granos de la arena de la playa sobre las plantas de nuestros pies; los billetes de avión dispuestos para algún viaje exótico o el prado verde sobre el que estaremos tumbados. A mi me faltan planetas para desaparecer; no hay galaxia que esté lo suficientemente lejos así que supongo que me iré cerca; lo suficientemente cerca para que nadie me encuentre, que raro suena.
Sobre el primer peldaño de la escalera un vaso con café desparramado. El espejo del ascensor me muestra las ojeras de alguien que está cansado, alguien a quien los días se le hacen demasiado largos y que no tiene nada que ver con el solsticio de verano. Nunca había descubierto esta parte mía, aunque supongo que lo verdaderamente interesante es ir un poco más allá de donde siempre hemos llegado, allí donde cada uno es un mundo. Parece que está saliendo el sol; así que buenas noches.

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