Vaivén de memoria;

Hablemos de ruina y espina, hablemos de polvo y herida, de mi miedo a las alturas, lo que quieras pero hablemos, de todo menos del tiempo que se escurre entre los dedos. Maldita dulzura.

jueves, 26 de abril de 2012

Un reflejo en el cristal;

Nunca me gustaron los viajes de vuelta; la ilusión que tienes cuando haces el de ida ha desaparecido y solo te queda contar el tiempo que te queda para llegar. Si en el de ida no había ilusión; imagínate. Mi mente vuelve al jueves donde tras una serie de palabras entrecortadas por las lágrimas, una tarjeta de crédito, acompañada por las palabras "vuelve cuando estés bien", se alza en mi cara.

Recuerdo lo que pensé nada más llegar; no pude evitar sonreír; "el hotel no está tan mal como pensaba" hasta en esto apareces en mi mente. Jamás me ha gustado la sensación de estar solo, la odio, detesto saber que no habrá una mano para ayudarte; ni siquiera para llevártela al cuello. En estos días encontré cosas de mi olvidadas; siempre se me dio bien colarme en los sitios; y ahora mi brazo cansado golpea sin cesar un saco de boxeo. Intento aprovechar cada sensación de dolor, el dolor físico no es el peor y yo lo sé. No habrá una sensación peor en el mundo que ver como se escapa tu amor por la calle con lágrimas en los ojos; escuchas el sonido de sus tacones contra el suelo y sabes que puedes perseguirla pero no alcanzarla, necesita caminar por su propio pie y decidir si quiere girar la esquina para juntar su camino otra vez con el tuyo.

Con la maleta al hombro el último día bajo del metro y veo un músico con su guitarra; sus ojos me indican que no necesita otra cosa que un sitio para que suenen los acordes y unos oídos le escuchen. Le sonrío y saco la cartera, esta noche tendrá compañía. Solo debajo de la tierra, con el sonido de una guitarra y la soledad de la noche se puede comprender la belleza. El sueño llega y prometo volver a verle; casi me siento mal por mentirle. Casi.

Con mi morro apoyado en el cristal veo mucho más nítidamente el reflejo de la luna que nos unió tantas noches; me paró a pensar que nunca la vi a través de tus ojos, ni tú de los míos. No tengo mucha ropa; mi maleta raída por tantos viajes no tiene mucho espacio, pero en ella caben un disco y un bizcocho con una vela; claro que no me he olvidado que hoy es tu cumpleaños y personalmente creo, que no sería un día completo si no estuviese yo allí. La estación está vacía y el banco donde tu esperabas me recuerda que ahora nada es igual. Una chica se baja del autobús y me pregunta si necesito ayuda con la maleta; que parezco dolorido; una sonrisa sincera y demasiada amabilidad de primeras; no necesito nada más, he aprendido que las personas así son las que más esconden. Un rápido gracias sale de mi boca mientras ya subo el último escalón de las escaleras.

Plantado ante tu casa vuelvo a echar mi mente atrás; mi paraguas podía resistir todas las tormentas del mundo enfrente de ese 13 que enmarca el cristal de tu portal. Tienes compañía; vas a ver el fútbol pero tus ojos no parecen futboleros. Hoy es tu día y ya pueden estar esperándote el séptimo de infantería que yo voy a entrar solo contigo, para tener nuestro minuto. Vuelvo a saludarte mientras mis labios intentan desobedecer a mi loco cerebro. El disco te llegó y ahora soplas la vela mientras pides un deseo; que ojalá coincida con el mío. Ojalá recuerdes que nunca vas a estar sola; que me puedo hacer la vuelta al mundo entera para llegar a tiempo a felicitarte el cumpleaños; pero que quiero que hagamos la vuelta al mundo juntos. Me despido y cargo la maleta a la espalda; mi hombro protesta y yo le digo que aguante, siempre mi chulería.

El día se acaba, y me dices que no ha sido un buen día; ojalá supieses como ha sido el mío, cuando todo se va y te queda la ilusión; eso cielo, es lo peor. Vuelven tus monosílabos y sé, que aunque te haya gustado verme; tus ojos eran de tristeza y cariño. Me pongo a escribir; es la única forma de que puedas hablar sin que te interrumpan ni te hagan preguntas estúpidas; como suelo hacer yo. No me preguntéis por ella; pues no sé que decir. Se necesitan siete palabras para enamorar a una mujer; tres días para contar una historia y mucha humildad para reconocer que todos tus conocimientos sobre mujeres caben en el estuche de un laúd. Siempre he pensado que para contar bien una historia hay que ser un poco mentiroso. Ahora que se acaba tu día; empieza mi historia.

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